“No quiero volver a verte en mi vida”, me dijo Gustavo por teléfono el 5 de enero del 2007…
…yo también me llamaba a mi mismo desde un teléfono de baquelita verde… de casa de mis abuelos... Nunca me contesté.
La primer llamada que hice fue desde mi propio teléfono. Un regalo de cumpleaños, a mi amigo imaginario, a mis 3 o 4 años... era de madera, con ojitos muy abiertos, una gran nariz roja en el centro del disco y una correa que lo unía a la bocina. Podía jalarlo por toda mi casa pues tenía, cosa rara, cuatro ruedas… ¿Cuántas llamadas hice? No lo recuerdo… ¿Todas alegres?
El ser que espero no es real. Viene ahí donde yo lo espero… ahí donde yo lo he creado. Y si no viene lo alucino…
…yo también me llamaba a mi mismo desde un teléfono de baquelita verde… de casa de mis abuelos... Nunca me contesté.
…yo a veces llamo y no digo nada. Lo hago solo por el placer de viajar hasta donde esta el otro.
Quiero a veces jugar al que no espera e intento ocuparme de otras cosas. Llegar con retraso… pero siempre pierdo ese juego. En cualquier cosa que haga me encuentro ociosa, exacta. Es decir, adelantada.
Pero la identidad fatal del enamorado no ha cambiado. No es otra más que ésta: Yo soy quien que espera.
… bordar con mi angustia el paisaje. De hecho, ya no tienes que llamarme. Puedo reinventarte en cualquier claxon, en cualquier sonido cercano a la nota que me avisa que un mensaje tuyo ha llegado a mi teléfono.
… la busca en los sonidos de la calle o se anticipa a la vibración del teléfono pegando un brinco.
Mi primera experiencia con un teléfono fue llamar a mi mismo número de casa. Quería escuchar mi propia voz detrás del auricular. Era un teléfono de disco verde muy pesado. Lo encontraba siempre ocupado y ocupado y pensaba, que alguien más estaba interesado en escucharme.









No hay comentarios:
Publicar un comentario